Cuando la señorita se dio cuenta de que estaba enamorada era demasiado tarde. Quiso reir de su nuevo estado pero las lágrimas veloces terminaron con la sóla idea de diversión.
No era divertido, de hecho no sabía que hacer con la felicidad que se traía entre manos. Pensó en deshacerse de ella, pero era ilógico.
Era tan extraño encontrar aquello que faltaba en el lugar menos pensado, con la persona menos indicada, con sonrisas perfectas y paseos soñados en tardes de plata.
Y sobre todo la turbaba la idea de no poder manejar eso, eso que le reventaba el pecho y se escapaba irónico en cada sonrisa que se esmeraba en manejar.
¿Para qué manejarlo señorita?
Tal vez así la ironía desaparezca.
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